Así es como se supone que sea, siempre

  • La semana pasada, el Estadio Azul revivió su relación con el fútbol americano estudiantil. Este sábado 27 de octubre, Pumas CU y Burros Blancos del IPN revivieron su entrañable vínculo con la rivalidad deportiva más intensa en el deporte estudiantil. A pesar de la contundente victoria, el FBA sigue demostrando el espectáculo que es, y que puede llegar a ser. 

Alberto García Ramos

Éste es el día que el fútbol americano en México necesitaba, pero sobre todo, merecía. Muchas veces se avienta el nombre de fiesta para definir las grandes rivalidades del deporte de las tacleadas en México. Entonces lo que aconteció el sábado 27 de octubre en el Estadio de la Ciudad de los Deportes no cabe, porque la magnitud superó una fiesta, esto sí fue un auténtico carnaval.

Que si es Clásico, que si Clásico es sólo entre las selecciones, que no se qué: Clásico es tener al Politécnico y a la Universidad compitiendo en el mismo campo. ¿Se presta para el debate? Sin duda. Pero es una realidad que no importan los equipos sino las instituciones. Simplemente es un juego que significa más, que representa historia, que, les dirá cualquiera que lo viva, se juega diferente.

Y esta edición de la rivalidad más añeja del país sí que fue diferente. Tuvo un sazón que no tuvo por 28 años. Desde el cambio del milenio, para los incondicionales del Instituto Politécnico Nacional era una agonía saber que fungirían como locales del partido, porque la pregunta siempre era la misma: ¿dónde va a ser el partido?

Pachuca, Guadalajara, Chihuahua, Lomas Verdes, a puerta cerrada. Lo que siempre tendría que ser un carnaval, un festival anual de fútbol americano, era un festival de incertidumbre, porque simplemente el Estadio Wilfrido Massieu resulta insuficiente, y sólo se lograba vivir la rivalidad en su máximo esplendor cuando los Pumas CU eran locales.

Pero entonces llegó el 2018 y todo es nuevo amanecer del fútbol americano, de la mano del Estadio de la Ciudad de los Deportes.

Ya vino el regreso oficial el 21 de octubre. El Estadio “Azul” se pintó de rojo y guinda para la Guerra Civil Politécnica. Los Burros Blancos se erigieron como el equipo hegemónico del IPN. La cifra realista del regreso del FBA al Azul: 18,000 personas.

Pero no hay como la convocatoria que puede generar la Universidad Nacional Autónoma de México cuando se enfrenta al Poli. Las acciones de la Jornada 8, entre los todavía invictos Burros Blancos y los campeones defensores Pumas CU, fácilmente superaron esa cifra por unos 10,000 más.

¿El parámetro? Los confines al inmueble deportivo. Eran las 9 de la mañana, cuando el partido estaba puesto a arrancar a las 10, y no paraban de llegar los ríos de población que se congregaron en el estadio. La estación del Metrobús de la Ciudad de los Deportes ya estaba atiborrada de los fanáticos guindiblancos y auriazules. El operativo vial favorecía la movilidad de los 28,000 asistentes que llegaban por el Eje 6, caminando desde Avenida Mixcoac, o desde el otro Metrobús, Colonia del Valle.

Y sí, venían juntos. Tal vez no fraternalmente, pero sí de manera civilizada, de manera en la que todos, aficionados, jugadores, coaches, saben que el conflicto se queda dentro del Estadio, y a nadie le ayuda provocar un desmán en las calles.

Todos saben que es diferente. El cliché se vive más cierto: no importa la tabla de posiciones. Es un partido de orgullo, de ferocidad, de sacar todas las frustraciones en la vida laboral, en la escuela. Es ir al partido con amigos, familia, niños, y unirse a los gritos incesantes de Goya, Huélum, de algarabía por ver el touchdown.

Es que no sentir pasión, no sentir emoción, no estar extasiado por lo que estaba a punto de acontecer significaría que simplemente no se está vivo. La sangre hierve para ambos bandos. El ambiente es familiar, fraterno, los niños y niñas disfrutan con risas y muchos gritos, pero lo que impera es el odio, el hambre, las ganas de ver a tu lado ganar, y al de enfrente caer.

No cabe la tranquilidad cuando este es el partido que año con año maximiza el potencial de lo que es el deporte estudiantil en México. Ser efervescente seguidor de las tacleadas y no sentir las ganas de ponerse un equipo y rifarse el físico dentro del emparrillado sería una contradicción. Este sentimiento solo acrecienta cuando la UNAM y el IPN son los protagonistas.

La entrada para los aficionados universitarios fue por la puerta 13, enfrente de la Plaza de Toros. Para los politécnicos, la puerta 1, en la calle de Indiana. Filas que parecían interminables, pero todavía había 40 minutos para el arranque del encuentro.

Y es que hasta parece que los Pumas CU llegaron tarde deliberadamente para que toda la gente estuviera en sus asientos al momento del kickoff. Los del Pedregal saltaron al emparrillado de la Ciudad de los Deportes alrededor de la 9:35, y de manera muy apresurada aceleraron su calentamiento.

Los Burros Blancos, pintados de pies a cabeza del guinda politécnico, ya tenían hombreras y casco puestos. Estaban afinando los últimos detalles de los equipos especiales, pero ellos ya habían calentado, no que no estuvieran listos, es un partido que, declaró Alex García previo al encuentro, “tenemos muy presente desde la semifinal”. En 2017, en Ciudad Universitaria, los Pumas despacharon a los équidos de la postemporada de la Liga Mayor.

Entonces vino la entrada espectacular de los invictos del Instituto Politécnico Nacional. Por unos 10 minutos desaparecieron, pero cuando el sonido ambiente anunció su entrada, nadie supo a dónde voltear, a donde esperar y hacia donde gritar para recibir a su equipo con el mayor entusiasmo. Explosiones de sonido de las bocinas del inmueble, un bajo profundo que hacía su sentir cada cuatro segundos, unas ocho veces se sintió y entonces sonó el clásico rockero de los 2000s: Seven Nation Army, de los White Stripes.

Bombas de humo rojizas se empezaron a disipar desde la entrada principal de la tribuna norte. Al ritmo del bajo de Jack White, salieron los Politécnicos y comenzaron el descenso del centenar de escaleras que los llevaría al terreno de juego. En la afición, vitoreo puro. Gritos de emoción, gritos al ritmo de la tonada, aplausos al compás musical, todo esto mientras el equipo completo descendía entre sus incondicionales.

Un puñado de la escuadra del Politécnico esperaba a sus compañeros de equipo a que bajaran en su totalidad. Había posiblemente unos 12,000 individuos desde hombres, mujeres, estudiantes, niños, familiares, parejas, todos esperando gritar por primera vez junto con su equipo: Huélum.

Los Pumas, directos del túnel, con su propio estilo: elegancia. Todos los integrantes del máximo representativo de la UNAM con un tradicional jorongo: azul marino intenso, un cuello dorado, una U en el centro de la indumentaria, y los felinos salieron caminando, tomados de la mano, enfocados, listos para lo que iba a ser una auténtica batalla en el campo.

Sí, es una rivalidad. Estos equipos no se quieren para nada. Siempre habrá odio para el contrario, y en especial, este encuentro intensifica ese sentimiento. Los equipos se encontraron en el centro del campo. No hay una sola gota de amor, y no la habrá por lo menos en las siguientes 2 horas y media.

Esto es el fútbol americano. No se puede mantener la cordura cuando por los siguientes 60 minutos el que está enfrente de ti quiere causarte daño, taclearte, humillarte, vencerte. Un palabrerío que es necesario: las emociones están humeantes, los atletas son intensos, nadie, ni la prensa, ni los aficionados, nadie está tan expectante por que se inicien las acciones deportivas y ahora sí se decida quién es quién dentro del emparrillado.

De la misma manera que en la tribuna rival, los Pumas regresaron con sus fieles para cantar el himno universitario. Esa afición unamita que ha sido abatida por sus propia burocracia y que fue privada, momentáneamente, del Clásico local que les tocaba en este 2018. Hizo erupción el Goya desde la tribuna sur, indicando la unión de jugadores, coaches y aficionados, que a eso van, a sentirse uno mismo con los protagonistas.

La excelente convocatoria de ambos lados es la razón por la que el Estadio Azul se convirtió en lo que era antes de que le cambiaran el nombre: una de las casas del fútbol americano universitario en México, un emblema diseñado exclusivamente para la práctica de esta disciplina.

Una ceremonia patriótica que parecía interminable. La entrada del lábaro patrio tricolor, la entonación del himno nacional mexicano, la entonación de los himnos politécnicos y universitarios para reafirmar la rivalidad, el saludo de los capitanes, la vista espectacular.

Mario Rodríguez Casas, director del Instituto Politécnico Nacional, se hizo presente en el césped de la Ciudad de los Deportes por segunda semana consecutiva. El impulso del Poli ha sido fundamental para revivir las tradiciones dentro del inmueble, y para la ceremonia previa, el saludo de los capitanes de ambos equipos, fue el líder de los Universitarios, el liniero defensivo Mario Eduardo Cañas, quien se acercó a Rodriguez para conversar con él y dar un fuerte estrecho de manos. El rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers, lució por su ausencia, aunque en temas de fútbol americano, ya no llega como sorpresa.

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Otra mañana nublada, fresca, pero caliente, más que seis días atrás. Los rayos del sol eran limitados por la capa nebulosa que cubría el cielo de la capital de nuestro país. Ahora sí, 25 minutos tarde, pero llegó el momento del fútbol americano.

Y es que por dos cuartos, la intensidad brotaba de ambos lados. Difícil imaginar que el propio Marco Durán, tercer QB titular para los Pumas CU este año, hubiera pensado que su primer aparición como el mariscal primordial de la UNAM vendría frente a 28 millares de personas en un inmueble que apenas 2 años atrás se pensaba muerto.

“Significa todo (…) Simplemente es algo inexpicable. Vivirlo es algo que cualquiera quisiera hacer, más siendo un jugador de fútbol americano. El escenario te puedo decir que está diseñado para esto. Que la gente se dé cuenta del gran ambiente que es el fútbol estudiantil.”

Los jugadores también son humanos, también son víctimas, o en este caso, beneficiarios, de sus emociones. No tendría sentido todo lo que se está viviendo si no lo disfrutas. Cualquier jugada importante, cualquier golpe de ejecución, cualquier acierto o error forzado sobre el rival, y lo primero que los jóvenes jugadores buscaban: su tribuna. Su aprobación, llenarse de su energía, su gozo, que vivieran una transmisión recíproca de emociones que viaja por el espacio pero que es prácticamente palpable.

Catorce jugadas duró la serie inicial, que culminó con Durán conectando con Armando Garduño en las diagonales, y explotó el Goya hegemónico, Sí, hegemónico porque desde que Burros Blancos regresó a la Conferencia fuerte de la Liga Mayor, nunca ha podido alzarse con la victoria frente a los auriazules del Pedregal.

Pero la respuesta del Poli fue prácticamente inmediata. El binomio García Rosado, con Alejandro como mariscal y Luis Enrique como receptor, provocaron par de jugadas grandes para que los Burros se metieran a la zona de gol, concretando con un touchdown del menor Alejandro para empatar el encuentro.

Será la fonética, y también que los fanáticos del Politécnico hoy superaron a los de Universidad, pero el Huélum viajaba con una intensidad que seguramente las ondas sonoras se escuchaban hasta Avenida Mixcoac. Retumbó el cántico de la escuela fundada en 1936 anunciando que no eran invictos hasta ese momento por casualidad.

Lo que nadie sabía, y nadie esperaba, es que esa fue la última anotación del Politécnico por el resto del encuentro. La Guerra de Goyas y Huelums fue incesante por los primeros dos cuartos. Cualquier jugada era buen pretexto para dejar ir toda esa furia a manera de gritos: los touchdowns de Garduño y García, un doble pase de Alejandro a Luis Enrique a Enrique Méndez para conseguir 25 yardas en esa serie anotadora de Burros, un scramble de Durán de 10 yardas, un sack para Pumas de Esteban Solares, un fumble de Pumas que Carlos García recuperó y le inyectó adrenalina excesiva al Politécnico, lo que pudo ser un pase de touchdown de 48 yardas si no es porque David Flores, safety universitario, voló como auténtico super héroe para desviar el ovoide de los brazos de Gustavo Pecechea.

Al medio tiempo, estaba 14-7 gracias a un touchdown con 7 segundos de Durán con su ala cerrada Alejandro Prado. Y la intermisión no fue descanso para muchos, al menos no para aquellos en las tribunas.

El conjunto musical “Los Grillos”, desde el endzone oriente, se engalanó frente al entradón del estadio y se lucieron con su estilo de rockabilly: el Rock del Poli, Rock de la UNAM, Voca 1, y la última, que puso a bailar a la totalidad de los asistentes que no estaban en los sanitarios: el Bule bule.

La animación de ambos equipos le brindó glamour a un evento que de otra manera excede virilidad dentro del campo. Las porristas del IPN primero se acercan a la tribuna unamita, y de la misma manera replicaron las contrarias.

La segunda mitad, aunque se mantuvo la Guerra en las tribunas, se convirtió en el dominio de los sureños en el marcador. En la primera serie regresando de la intermisión, Oscar Muñoz robó un envío de Alex García y regresó la intercepción cerca de 50 yardas para meterse hasta la 27 rival.

Las siguientes tres series ofensivas de los Pumas: touchdown, touchdown, gol de campo. Durán con Ricardo Sainz, Victor Hernández en carrera, y Diego Reyes desde 26 yardas afuera. Para Burros, después de la intercepción: gol de campo fallado, tres y fuera, despeje bloqueado, pérdida de posesión en cuarta oportunidad. 

Al final, se demostró que la sabiduría convencional del fútbol americano nunca se equivoca, o por lo menos, no hoy: la ofensiva vende boletos y pone gente en los estadios, pero la defensiva gana partidos. La unidad del Coordinador Defensivo Gabriel Sánchez Acuña limitó el portentoso ataque de los Burros, que promediaba 36.6 puntos por partido, a siete unidades.

Pero hoy, en una ocasión tan memorable, y tal vez un poco injusto para los gladiadores, las acciones técnicas, de estadística y de esquema pasan a segundo plano. Lo que revivió la historia, lo que llenó de magia la mañana del sábado 27 de octubre fue esa rivalidad, ese odio dentro de los confines del campo que siempre deja momentos memorables a pesar del marcador.

Primero regresó el fútbol americano estudiantil al Estadio de la Ciudad de los Deportes. Hoy: saldo blanco, absolutamente ni un incidente entre aficionados politécnicos y universitarios,  sólo el intercambio de estruendos que explotaba desde cada tribuna. ¿Porros? No superaron los 50, y los aficionados al deporte saben que eso merecen: aislamiento, desprecio, dejar de anexarlos con el fútbol americano.

Hoy regresó la rivalidad deportiva más añeja de México a uno de los estadios donde se escribieron tantas historias, donde se materializaron tantas anécdotas. En el marcador, la victoria 33-7 de los Pumas no es un resultado particularmente inaudito, pero fueron las condiciones, las circunstancias, la efervescencia de este partido las que sí lo convierten en un día memorable.

La demostración de que el fútbol americano puede, tiene, debe regresar a una época de éxtasis. En un inmueble que ya se pensaba demolido, hoy el Burros Blancos – Pumas le inyecta vida al estadio. Le inyecta vida al deporte. La demostración más reciente, y más necesaria, de que el fútbol americano es el único deporte amateur en México capaz de sentar a más de 25,000 personas que pagaron boleto para apreciar una exhibición competitiva.

Así es como nunca debió dejar de ser. Así es como el fútbol americano en México se supone que sea, siempre. 

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