El Huélum que anunció el regreso

  • Jugar fútbol americano estudiantil en el Estadio de la Ciudad de los Deportes más que una ambición parecía una alucinación. En una jornada impecable, jugadores, coaches, aficionados, todos los presentes en el evento histórico materializaron el sueño de regresar al inmueble.

Alberto García Ramos

“Increíble, esto fue una fiesta, fue increíble poder jugar en un estadio con tanta historia, con la afición que se dio cita, la verdad (estoy) muy contento, fue un gran espectáculo”.

“Lo que ganó fue la afición. Toda la gente es familia, nada de porrismo ni nada, al contrario, esta oportunidad que está dando el Politécnico a que se reviva este estadio se puede hacer con el fútbol en todos lados. Que no se hagan juegos a puerta cerrada, que confiemos en la afición.” 

El momento fue inmejorable. Un pasto verde en la cancha, en desuso desde ya hace tiempo atrás, que con su reluciente color parecía pedir sólo lo pisaran estos atletas colegiales. La gente hizo su llegada a pie, como es más accesible, y como la zona del Estadio lo permite. Nubes abundantes cubrían el cielo dominguero de la Ciudad de México, algunas luciendo más amenazantes que otras para que dejaran caer la precipitación, pero más que nada sirvieron como protección de los iluminadores rayos del sol, que apenas y hacía sentir su calor. Una mañana fría en la capital del país estaba a punto de calentarse gracias a los gladiadores modernos: los jugadores del fútbol americano.

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Liderados por Emmanuel Cajiga, las Águilas Blancas atravesaban el terreno para entonar un Huelum con la tribuna rival.

La leyenda del Politécnico, indiscutiblemente uno de los mejores entrenadores del fútbol americano nacional, lo mencionó el miércoles, cuando toda esta utopía se oficializaba: “Yo imagino muchas cosas, pero ésta, nunca se me pasó por la cabeza”, fueron las palabras del Doc Licea, como se le conoce al (casi literalmente) inmortal Jacinto Licea Mendoza. Por ésta, se refiere al regreso del FBA estudiantil a lo que por mucho tiempo fue una de sus casas: el Estadio de la Ciudad de los Deportes.

Sí, el ahora mal llamado Estadio Azul, ya que aunque el mote es su nombre oficial, fue cambiado hasta que el aposento deportivo fue completamente segregado de sus orígenes, el deporte de las tacleadas, y fuera entregado por completo al otro deporte de 11 contra 11, el balompié mexicano. 

En el otoño de 1990, se jugó por última vez fútbol americano universitario en el estadio de la colonia Ciudad de los Deportes, y nadie lo sabía. Al menos, eso se creía una vez anunciada la demolición del inmueble. Hasta el club de fútbol que lo usaba para su localía decidió moverse y compartir casa con sus rivales de Santa Úrsula.

Fue en 1946 que se inauguró el recinto que alberga alrededor de 35,000 personas, si no un poquito más, por supuesto, con fútbol americano. Ahí empezó el emblema del deporte que por mucho tiempo parecía ya no pertenecerle a esta disciplina por su larga ausencia. Con la inminente demolición, la esperanza de volver a jugar dentro de ese estadio desaparecía de manera sempiterna.

Hasta que de repente, esa esperanza regresó.

La notificación la hizo el Politécnico desde finales de agosto; la oficialización se hizo en la cancha el pasado miércoles, y como dice el dicho, no hay plazo que no se cumpla: los Burros Blancos se enfrentaron a las Águilas Blancas en la Ciudad de los Deportes este 21 de octubre, terminando con un hiato de 28 años. 

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El Estadio de la Ciudad de los Deportes y fútbol americano de México, una combinación que nunca debió separarse

La cita fue a las 10 de la mañana, domingo familiar, y la afición incansable del Instituto Politécnico Nacional se desmañanó para presenciar un cachito de la historia del deporte mexicano. Y es que esa es la verdad, los más de 22,000 asistentes eran eso: familias desde los padres y hermanos hasta los tíos y abuelos, amigos, niños, niñas, novias, aficionados de Burros, aficionados de las Blancas, aficionados al deporte estudiantil por excelencia, aficionados al único deporte amateur en México capaz de generar ese nivel de convocatoria y convertir una exhibición competitiva en un evento de invitación masiva.

¿Porros? Era posible contarlos con los dedos de la mano, y tal vez usar un par de dedos de los pies, pero eran tan escasos que cabían en el cuadro de una fotografía, hasta para tomarles foto con su rostro y todo, como precaución nomás. Es el 2018, y el fútbol americano está lográndolo: disipar el porrismo de su identidad.

La gente en las tribunas tenía su brío puesto en una sola cosa: gritar el Huélum. No eran ni las 9:45 de la mañana cuando los vecinos fueron cimbrados por lo que sería una guerra del cántico politécnico por las próximas dos, dos horas y media. Se acercaba la hora, y todos, absolutamente todos los asistentes esperaban con ansias que empezara eso por lo que habían ido: el fútbol americano.

Sólo hubo un momento de parsimonia: la solemne entrada de la bandera nacional, y la consecuente entonación del himno de Bocanegra y Nunó. El silencio no volvió a manifestarse por las siguientes tres horas, porque fue una escandalera total.

¿Reflejo del buen momento que están viviendo? Posiblemente, pero los Burros Blancos, que fungían como el equipo visitante, superaron a la afición de las Águilas Blancas en número de fieles. Esto fue sensorialmente perceptible, auditivo y visual específicamente. El manchón de los que tienen su casillero en Zacatenco era visiblemente más prominente. ¿No confiar en las estimaciones de los ojos? Escuchar el Huelum que se expedía de la tribuna poniente, era el parámetro, el cual casi siempre opacó a los del lado oriente.

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Burros Blancos se presentó con la enjundia de preservar el invicto.

¿Estadio Azul? Por un día debieron renombrarlo Estadio Guindiblanco. Bueno, las Águilas Blancas con un rojo más Oklahoma, y los Burros Blancos con su granate más Texas A&M, pero ya es tradición el guinda en el Politécnico Nacional. Era importantísimo hacer la distinción del color, porque el aficionado, la aficionada, es todo lo que tiene: su identidad, su pertenencia. Sí claro, los equipos son hermanos de institución, y el odio que expresen ambos bandos será fraterno, pero no por nada el fútbol americano es el deporte que más se asemeja a la guerra, y la intensidad con la que todos los partícipes se involucran debe imitar un conflicto bélico.

Dentro del campo, las Águilas Blancas pintadas de rojo de pies a cabeza. El brillo de los cascos reflejaba la mañana en la ciudad. Los Burros, absolutamente cubiertos de blanco, y sus vivos guindas. Ambos equipos estaban listos para el embate, y si algún jugador les dice que no estuvo tiritando previo al kickoff, posiblemente esté mintiendo.

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Así lució en su mejor momento la tribuna visitante.

La convocatoria masiva no es sinónimo de un tropel. La entrada fue ordenada, los aficionados pacientemente ingresaban al estadio y buscaban sus lugares, el orden fue la norma durante el previo, el encuentro, y posterior al partido. Las tribunas nunca fueron protagonistas, o mejor dicho, antagonistas, porque protagonistas sí fueron. Son ellos la razón por las que la Guerra Civil Politécnica no se jugó en el Wilfrido Massieu.

Sería erróneo decir que el partido pasó a segundo plano, pero en esta cita en particular, las circunstancias fuera del límite de las 100 por 52 yardas eran lo que lo hacia una mañana especial: el inmueble; la prensa, que rara vez incluye a las dos televisoras más importantes del país, pero hoy sí dignaron con su presencia; la propia señal del Instituto para poder transmitir en vivo a todo el territorio mexicano a través del Once y del Catorce. Bueno, eso no es tan novedoso, pero es una realidad que todos los presentes le inyectaron la mística de historicidad que tuvo este encuentro.

La sabiduría convencional del fútbol americano dice que todos estos factores externos no juegan, lo que juega es el equipo, las ganas y la ejecución. Pero claro que juegan, porque generan eso que ningún atleta quisiera sentir: nervios. Quisieran estar sosegados ante lo que, más allá del romanticismo involucrado en el partido, era un partido clave para ambas escuadras. Pero no puedes ser un joven de 20, 21, 24 años, en el mejor momento de tu capacidad atlética y viril, y no sentirte emocionado, sobre extasiado, desconcertado, desconcentrado, por el hecho de que más de 20,000 personas en las tribunas, y otros cuántos miles más en la televisión y el internet están poniendo sus ojos en ti. Es natural, es humano, aunque estos jugadores a veces no parezcan.

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La mirada de este jugador de los Burros Blancos puede reflejar muchas cosas, pero en una cosa está clavada: la inmensa afición que se dio cita.

Como en el momento que Alejandro García, quarterback de los Burros Blancos, conectó con Luis Martínez en pase de 42 yardas que parecía de touchdown. La celebración en la tribuna de los Volátiles fue tal vez más intensa que la del propio equipo anotador cuando se anuló dicha jugada por un castigo. Estar en la cancha y no sentirse devorado por las ondas sonoras que explotan en esos momentos significaría que se es inmune a los sentimientos.

Parejo, peleado, disputado, ninguna yarda iba a venir fácil. Los equipos del Politécnico sabían de la oportunidad que ellos también tenían para dejar una impresión, futbolísticamente hablando. Fue hasta el segundo cuarto que el mismo Alex García metió el balón a las diagonales en carrera de una yarda, y ahora sí se hizo sentir el primer huélum aliñado. No que los previos no tuvieran sazón, pero éste cumplió su objetivo: vitorear, festejar, dejar salir toda esa alegría que genera el touchdown. Apenas era el primero, y faltaban todavía dos cuartos y medio, calma con esas ansias.

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Tensión al máximo en el emparrillado, antes de que el ataque aéreo de Burros despegara.

Errores no permitieron despegar el vuelo de las Águilas. ¿Mentales? No podemos saberlo, pero definitivamente es la salida fácil cuando todas las circunstancias están metidas en la cabeza. Pases ligeramente volados, recepciones que no fueron, detalles a nivel de fútbol que la melé pintada de rojo sabía los estaba distanciando de la victoria, y lo expresaban en gritos de frustración.

Los jugadores lo estaban viviendo, lo estaban disfrutando, cada vez que alguien lograba una jugada grande, lo primero que hacen es voltear a ver a sus seguidores, llenarse de su aprobación de su gozo, de su excitación por los esfuerzos que el atleta acababa de hacer. En los primeros minutos del tercer cuarto, esos atletas pertenecían exclusivamente a Burros Blancos. 

Primero fue un pase de touchdown de García a Rafael Gómez. Una serie después, García conectó con su hermano, Luis Enrique, quien también es QB pero para la Guerra Civil Politécnica fue usado como receptor interno. El inmenso nivel atlético de ambos hermanos los convierte en un par de atletas sumamente versátiles, y el García mayor fue factor en lugar de quedarse en la banca como QB suplente. La algarabía inundó a Luis Enrique cuando recibió su primer touchdown en su carrera de Liga Mayor.

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Luis Enrique entró bailando al endzone, para voltear a ver la tribuna que lo celebraba.

Era una blanqueada, y las tropas del Coach Zárate sabían que era necesario el contraataque antes de rendirse. Ya había estado Yair Marquez como QB, también pasó Julio Vázquez, pero fue Ricardo Angüis, quien ingresó al cuarto cuarto, el que le inyectó toda la adrenalina de regreso a los que defienden las instalaciones de Santo Tomás.

Fue él quien lideró la serie anotadora para las Águilas Blancas, y lo que parecía ser una fiesta équida, de repente se volvía más interesante. Un touchdown del novato José Rodríguez puso a las aves en el marcador, y se acercaban 21-7 con poquito más de 5 minutos para el final.

La tribuna roja lo sabía: esta siguiente serie defensiva era de vida o muerte para las aspiraciones de un regreso feroz. Los conocedores del fútbol americano saben que el ruido se torna ensordecedor cuando son los defensivos los que están en el campo: irrumpir con la concentración del ataque opositor. Los decibeles del lado oriente de la tribuna se elevaron posiblemente a la máxima cifra que en toda la mañana, y que ese estadio no sentía desde hace mucho tiempo.

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En ninguna otra serie, los fieles de Santo Tomás hicieron tanto riudo.

Y entonces vino la daga.

Alejandro García, más corpulento que el Quarterback convencional; al mismo tiempo, más rápido que el prototipo de mariscal de campo. Inició una carrera de 49 yardas totales en la que rompió por lo menos 4 tacleos, sembrando a un par de Águilas Blancas en la cancha. Una muestra de adrenalina pura, de ambición por querer terminar al rival, nadie pudo tirar al QB, la jugada terminó porque a Garcia lo empujaron por la línea lateral.

El primero y diez larguísimo terminaba con las aspiraciones de un regreso de las Blancas. Esto es una rivalidad, y la ofensiva del Coach Francisco Chaparro todavía quiso meterse una vez más al touchdown. Se les acabó el tiempo, y ahora sí, vino el momento de la celebración.

Porque en los momentos que finaliza el encuentro, los rivales siempre se saludan. Es respeto, es tradición, es apreciación al esfuerzo que un contrincante acaba de hacer, en la misma magnitud que el propio jugador lo hizo.

Es reconocer parte del momento histórico que ganadores y perdedores protagonizaron en la mañana del 21 de octubre de 2018. Es ir a saludar a la tribuna rival que al final, canta la misma porra que la propia: Gloria, a la cachi cachi porra, pim pom porra, Águilas, Burros, gloria.

Aplaudible, siempre digno de reconocimiento, que las hostilidades se limitaron a los 60 minutos de juego efectivo, y a las yardas donde los jugadores se parten el físico. En las tribunas, las agresiones siempre se manifestaron en forma de gritos, y nada más. La gente fue a disfrutar del fútbol americano, con sus hijos, con sus parejas, con sus amigos, con su familia. La gente fue a consumir pizza, papitas, refresco, nieves, lo que fuera que la vendimia del inmueble haya puesto a su disposición. La gente que asistió no fue a violentar, a provocar caos, a generar incertidumbre. Eso que los sórdidos, bajo el nombre de porros, hacen. No, la gente fue a demostrar, y sobre todo, a divertirse. 

Una muchacha en específico fue a proponerle un noviazgo al #23 de Burros Blancos con una manta que desplegó una vez consolidada la victoria, porque toda la gente iba con amor a algo: a un jugador, a los colores, a la institución, al deporte. 

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Testimonio de la proposición. No está confirmado el resultado.

Un evento que ni en los sueños más quijotescos de los incondicionales del fútbol americano existía la remota posibilidad de materializar. Regresar a uno de los emblemas del deporte mexicano, lograr esa apropiación de la que fue separado, consolidar el momento que la liga, los jugadores, todos alrededor del ovoide de cuero, están viviendo.

Fue el sonido ambiente el que impulsó la unión una vez finalizado el encuentro. Las 22,000 almas resonando con un mismo fin: el Huélum. El Huélum que se escuchó hasta Santo Tomás. El Huélum que se escuchó hasta Zacatenco. El Huélum que se escuchó hasta cualquier rincón donde se extienda la comunidad Politécnica. Pero sobre todo, el Huélum que viajó. El Huélum que fue efímero, pero trascendió la barrera del espacio-tiempo.. El Huélum que se trasladó 28 años atrás, para decirle al otoño de 1990 que esa no fue la última vez. Para decirle al fútbol americano que no perderá uno de sus más memorables estampas. Para decirle al fútbol americano que está de regreso en uno de los lugares donde pertenece.

El Huélum que anunció el regresó.

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